Defiende los beneficios del libre mercado para combatir la pobreza y es enemigo de la intervención del Estado.
El Partido Republicano, también conocido como el “Grand Old Party” (el “Gran Viejo Partido”), nació en el año 1854 después de la desintegración de Partido Whig, que en ese momento era la segunda fuerza política en EE UU. Sus primeros militantes buscaban un movimiento que les diera el real empuje en las urnas para destronar a los demócratas cuyo discurso político –esclavista y antifederal– cosechaba éxito en los estados agrícolas del sur, pero no en el norte industrial y financiero.
Por Sergio Paz Murga
Abrazaron con pasión las ideas abolicionistas que aludían a la igualdad entre blancos y negros y la sola idea de que exista la esclavitud en la “tierra prometida” de EE UU les parecía inmoral. En el plano económico fueron proteccionistas porque consideraron que la entrada de productos extranjeros minaba la industria local.
Su primer gran presidente fue Abraham Lincoln, por quien la historia y el pueblo norteamericano guardan un gran respeto.
En realidad fue él quien mantuvo la unidad del país. Poco antes de que tomara posesión de la presidencia en marzo de 1861, los estados del sur declararon su independencia de la Unión y formaron los Estados Confederados de América. Los sureños argumentaron que EE UU no era una nación, como se entendía en Europa, sino una federación de naciones y que, si uno de sus miembros estaba descontento, podía separarse en cualquier momento.
Lincoln, quien decía que su mayor deber era defender la Constitución por la que había jurado, no dudó en aplacar con cañones la rebeldía separatista.
La Guerra de Secesión duró cuatro años y el norte yanqui ganó al sur. Los esclavos fueron liberados y Lincoln implantó un programa federalista y proteccionista que favoreció a la industrialización del país.
De allí en adelante fue la época dorada de los republicanos (1865-1933) que ganaron todo, desde elecciones presidenciales y legislativas hasta locales.
El Partido Republicano aumentó los aranceles, redujo a un mínimo histórico el papel del Estado y bajó los impuestos. Theodore Roosevelt a inicios del siglo XX le declaró la guerra a los grandes monopolios y oligopolios y acercó al partido hacia una postura progresista. Sin embargo, la nula regulación del sistema financiero provocó el crack de 1929 y sumió al país en la Gran Depresión. El pueblo, sin trabajo y dinero, castigó a los republicanos a los que responsabilizaron por la crisis y votó por el demócrata Franklin Delano Roosevelt, quien, no cabe dudas, también se nutrió de los votos de los liberales del norte y los racistas blancos del sur.
Con el fin de la Segunda Guerra Mundial, los republicanos, que antes del conflicto bélico se declaraban aislacionistas en política exterior, tomaron la bandera del anticomunismo ante el surgimiento de la Unión Soviética y China. Dwight Eisenhower (1952-1960) fue el líder indiscutible en esa época.
A finales de la década de los sesenta llegó al poder Richard Nixon, quien consiguió el apoyo del “ala conservadora silenciosa” del partido, es decir, militantes para quienes era importante la lucha contra el crimen y el regreso a los valores tradicionales de EE UU –como la defensa de la familia y la moral– en una sociedad corrompida por la cultura hippie, de drogas y rock and roll.
En esa época también se produjo un cambio sustancial en el mapa político de EE UU. Los blancos del sur emigraron furiosos al Partido Republicano luego que el presidente demócrata Lyndon B. Johnson promulgara la legislación sobre derechos civiles. La comunidad afroamericana vota, desde entonces, en un 90% por los demócratas.
El renacimiento
El escándalo de “Watergate”, que derrumbó la presidencia de Nixon en 1973, pudo haber hecho pensar en una crisis en el Partido Republicano pero la debacle económica en el gobierno del demócrata Jimmy Carter (1976-1980) fue la oportunidad perfecta para un renacimiento. El elegido fue el gran Ronald Reagan (1980-1988), quien criticó el New Deal de Roosevelt y habló de los beneficios del libre mercado.
Reagan ha marcado indudablemente la filosofía por la que el partido todavía se rige hasta nuestros días: Reducción de los impuestos, reducción del gasto público y reducción de la burocracia del gobierno. La clave para entender el éxito de EE UU como país, decía Reagan, está en el espíritu individualista de su gente. La superación y el crecimiento personal son más eficaces para vencer a la pobreza que la acción de un Estado que es, en su mayoría, ineficaz. Ese es, en esencia, el credo republicano.
Quizá el cambio más notable de esta campaña es que el candidato presidencial John McCain, quien abraza las ideas de Reagan –su héroe–, hable de una regulación en el sistema financiero luego de la crisis de las últimas semanas. Una postura que podría acercarlo al discurso demócrata, pero él insiste en el recorte de impuestos para la gente con más dinero que son, en buena cuenta, la que contrata en sus fábricas a millones de trabajadores.
Respecto a la política exterior republicana, quien ha marcado la pauta ha sido el actual presidente George W. Bush. Su doctrina, que tiene una inspiración religiosa, ve a EE UU como el país “elegido” para extender la democracia en el mundo y el único capaz de pasar a la ofensiva militar si cree que su seguridad nacional está en juego. Puede hacerlo de la mano de sus aliados, pero si ellos no quieren enfrentar las amenazas, allí están las tropas norteamericanas. El mayor ejemplo donde confluyen estas dos ideas es Iraq, donde se temía que Sadam Hussein tuviera armas de destrucción masiva. Cinco años después de iniciada la invasión al país árabe no se ha encontrado nada, pero esto no tiene importancia ya para la Casa Blanca.
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martes, 21 de octubre de 2008
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